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Aunque usted no lo crea

La mayoría de las películas de zombies empiezan con una premisa simple, ya sea los zombies existen (pero no sabemos cómo aparecieron) o hay un evento violento. En este último caso, el cambio es abrupto con un antes y un después clarísimos.

Pero este año fue diferente: un choque de trenes de carga anunciado por meses, en cámara lenta y con tomas de múltiple ángulos. Dieron una, dos, tres y aún más oportunidades, ¡pero para qué seguir recomendaciones que fueran afectar la economía! Mejor improvisar, ser batidinámico y empujar primero una ciudad y después todo un país por un pasadizo muy chico, sin lugar para todos. Y miles no cupieron.

No tenía que ser así y todavía no debe ser así. Lo sé, porque en esta realidad alternativa al otro lado del Pacífico, no sobró gente, ni hubo pasadizo muy estrecho. Y el mundo no se acabó, la economía siguió funcionando y no tuvimos películas de zombies. Hay quienes no creen que sea posible, pero sí, aunque parezca de Ripley. Un poco de empatía, un poco de esfuerzo y la magia ocurre, aunque usted no lo crea.

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La calabaza esférica

En un ir y venir de mascarillas de colores, oscuras o de figuras irreconocibles nos movemos hoy sutiles no presentes.

Como los aplausos al ritmo de una agradable melodía de Jazz o Soul antiguo, si, muy antiguo como las calles donde nos perdimos en nuestro viaje a New Orleans.

¿Te recuerdas de Orleans y de cuando me decías que era aquí donde engendrariamos el ritmo del próximo milenio?

Las miradas sin sonrisas hacen que tus ojos se vuelvan más importantes que los mismos cinco sentidos. Ahora hablas por medio de ellos como en una conversación a la salida de un bar.

Vivimos bajo este ritmo que nos salva de lo que ya no solo pasa afuera, sino que ocurre expandido por todos los muros de nuestra pieza. Nueva vida que ocurre a la velocidad de periódicos en una imprenta.

Sabor a pimienta degustamos en las esquinas y solo por los ojos saludamos, aprobamos el pedido de la feria o reclamamos por el último discurso del presidente.

En New Orleans no me importa mucho como estoy vestido o si mi vieja camisa a lineas azules y cuello gastado anda bien con el color de mis pantalones a notas musicales.

8 pm de una tarde de Mardi Gras que oscurece un poco más lento. Vuelvo a mi refugio rápidamente ya que debo celebrar el día 153 desde cuando comenzamos a vivir esta cuarentena.

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La conservación

Si quiero ver un bosque en el borde de una ladera andina debo conservar la red de relaciones que permiten que exista el bosque

Si quiero ver una pradera nueva desde el fondo de un suelo olvidado debo guardar la red de relaciones que permiten que ella sea pradera.

Si quiero ver un cielo azul después de una lluvia Mediterránea debo procurar la red de relaciones que permiten que este sea azul.

Si quiero que te quedes esta noche a mi lado debo asegurar esa red de relaciones que te permitirán ser libre nuevamente en la mañana.

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Chile Cuento Miradas

Emprendimientos

Se inundó la ciudad, como cada vez que llueve más de un par de gotas. Los ríos porfiados se tomaron las calles, insistiendo que sus cauces anteceden pergaminos y títulos de propiedad, concreto y gaviones. “Somos ríos y no creemos en el papel” explicaron con voz profunda e impaciente. Los márgenes de costumbre respondieron con emprendimientos, que es una manera bonita de decir pegas precarias. Ingeniería de puentes con tablas y ladrillos, ferries de triciclos o incluso viajes al apa. Lo que sea para que los transeúntes eviten por unos pocos pesos quedar embarrados cruzando la calle, trasbordando de bus a colectivo (o viceversa). Té o café con sopaipillas o arepas para entrar en calor completan el servicio. Su propina es mi sueldo, ¿le cuido el auto?, unos cuadros de papel higiénico en el baño público. Así es el empresariado de invierno en la Nueva Extremadura.

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En estos días de lluvia

En estos días de lluvia y encierro la gente discute, entre alivio y reticencia, un buen quiebre a diez años de megasequía. Peleas van y vienen si es que llueve como en una imaginada lejana infancia, y yo me transporto a Valdivia, capital de lluvias frontales eternas.

Don Redolés hablaba de “una sinceridad de panadería que me pone nostálgico y sureño”, pero ese sentimiento es mucho más intenso en una micro Valdiviana. Se raja lloviendo y los limpiaparabrisas de la máquina no funcionan. Y me angustio viendo que el chofer cada vez puede ver menos; mi mente matemática diagnostica visibilidad asintótica a cero. Parado en el pasillo no veo nada y el maldito sigue manejando, hasta que el chofer mueve—así, a mano—el limpiaparabrisas y me sobrepasa un alivio enorme. Esa única limpieza tiene que dar para un montón más de cuadras, hasta que se acuerde o llegue a un paradero.

Hay además una humedad de pecera que lo impregna todo. Es el vaho de parkas y abrigos que no se han secado bien por semanas, porque no ha parado de llover desde hace más de un mes. Y, como si fuera poco, de repente se siente ¡ping! No, que no sea. ¡Ping! Sí, es, una pulga saltando de pasajero a pasajero, buscando su próxima víctima que resulta ser… yo. Pucha, me acabo de pegar una pulga y el chofer va escuchando la radio, manejando a tacto y tengo que empujar y apretar cuerpos para tocar el timbre.

Llego a la casa a quitarme la ropa y empezar la búsqueda milimétrica hasta encontrar a la pulga. No vaya a ser que terminemos con una invasión en la casa. De fondo suenan las gotas fuertes en el techo corrugado de la casa de madera, más fuerte o más suave, pero siempre presentes, como las pulgas de las micros de Valdivia.

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La medida de la muerte

La muerte llega estos días de la mano de un virus incognito que, en su camino hacia el invierno del sur, deja atrás millones de cruces enterradas en cementerios improvisados como aquellos cunado niños dejábamos a nuestras mascotas.

La muerte en este tiempo, al igual que el impacto de un cometa em la superficie de un planeta, ha congelado la vida no permitiéndonos el último beso en la frente, la última caricia o el último mirar de unos ojos en vida de un querido.

Pero, ¿que hacen los científicos estos días cuando ella, sentada en la sala de espera de una UCI, aguarda al próximo pasajero que cruzará el Aqueronte?

Con modelos matemáticos, estadísticas complejas y peleas en el ring de los supuestos intentamos dar de una vez por todas con el número mágico exacto que represente la imagen de su medida.

Ella, que ha acompañado al homo durante siglos a través de su trayectoria, mira para atrás, se ríe y sigue con su meticuloso e implacable trabajo.

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Chile Cuento Miradas

Una tela de cebolla

Chile es un velo, una tela de cebolla que cubre livianamente el paisaje. Es como uno de esos campos llenos de arañas australianas que viajan con sus paracaídas blancos, cubriendo absolutamente todo. Hay quienes argumentan que las instituciones con columnas jónicas y bibliotecas con leyes y decretos son una señal gloriosa de desarrollo. Bueno, eso y los notarios poniendo timbres, y firmas apuradas con lápiz pasta denotando eficiencia. ¡Hemos dominado y construido el paisaje!

Pero si uno mira con cuidado, la lámina de órden está hecha de cholguán, fonolas y pieles de gato teñidas con manchas de jaguar. La abundancia de hoyos se tapa con una mezcla de sopaipilla y chancaca untada hasta ser translúcida; o con mortadela cortada de visita, que es mucho más sabrosa (en mi humilde opinión). Si llueve mucho, o tiembla fuerte o aparece un bicho chico empiezan a relucir los hoyos.

Es de buen pobre guardar la base de la cebolla, plantarla y cosechar una nueva meses después. Así podemos tener más telas—cosidas con hilo negro y pegadas con engrudo—para cubrir los bosques de hualo, de espinos, y de ulmos. Un nuevo velo para cubrir levemente el paisaje, por lo menos hasta la próxima crisis.

Campo cubierto de telarañas en Australia.
Arañas Australianas (foto: EPA).
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Lenguaje Miradas

Lo que no se pierde

Después de meses navegando sin claro futuro, tratando de adivinar la próxima hora en base a historias y recuerdos quebrados en el suelo, me pregunto: ¿que va quedando?.

Después de haber recorrido durante medio siglo horizontes que esconden colores estridentes, bosques húmedos de hojas recicladas y profundas, me pregunto: ¿que vas sintiendo?.

Despues de haber descubierto abismos interminables, como surcos infértiles de hielo en la piel de un polo terrestre.

Después de haber sentido el silencio y de haber olido el perfumen de una imagen en una manaña post-tormenta.

Después de haber visto las alas de un albatros en el filo de una ola oculta por el humo de los cruceros.

Después de estar encerrado tanto tiempo en la jaula de mis torpes ideales…

¿Que es en realidad,

lo que la memoria no quiere dejar,

lo que no se tranza ni por un día más de sol,

lo que no se pierde y al final escogeras para llevarlo contigo a tu regreso?

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Comunicación Cuento

Esperanza de vida: una explicación de mi trabajo

A veces la gente me pregunta “¿En qué trabajas?”. Sabiendo lo que viene, les contesto “Soy profe en la U”, sin entrar en mucho detalle. La pregunta obvia que el incauto personaje puede hacer es “¿Pero qué haces en concreto?”.

Pucha, en definitiva lo que paga las cuentas es mi trabajo con números o, más preciso, con estadística. Es un secreto a voces, pero si no se han enterado, les cuento que la estadística usa un lenguaje altamente poético.

En vez de decir que produzco promedios digo valores esperados o, aún mejor, hablo de estimar esperanzas. Y tengo bondades de ajuste y al final del día pruebo Kolmogorov–Smirnov, que suena como a marca de vodka, pero no se bebe. Evalúo verosimilitudes y las multiplico por mis creencias, para acotar nuevas Esperanzas, lo que suena Bayesiano y Cortaziano al mismo tiempo. 

También dibujo harto, pero con código en vez de con lápiz y papel, para producir un puntillismo detallado, lineas del nazca medio borrachas o jorobas de camellos y dromedarios. Desde el punto de vista verbal, mi mayor herramienta son los insultos abundantes contra el computador, por su incapacidad de entender mis instrucciones imprecisas.

¿Ven? Mejor se hubieran quedado con que trabajo de profe.

P.S. Esto es parte una serie de relatos en cuarentena.

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Cuento

Flotilla

Un día de otoño tibio y despejado no se desperdicia a los 43 grados latitud sur—porque pasan tarde, mal y nunca—así que estábamos trabajando en el jardín.

—¡Toma! —gritó lanzando algo en una curva amplia.
—Pero… —dije estirando el brazo automáticamente para agarrar el objeto: ¡malditos reflejos!

Era duro y suave como piedra por un lado, frío y ligeramente húmedo por el otro. Un caracol, criaturas perversas con las que tengo una relación de amor-odio. Por un lado, los traidores comen las plantas, saboteando el trabajo del todo el año. Por el otro, ¿han visto una familia de caracoles en la lluvia?

La vereda cubierta con una película húmeda y resplandeciente, quebrada por las figuras de una familia de caracoles como flotilla explorando un nuevo mundo. Una nao capitana guiando decenas de nuevos caracoles.

No tuve el corazón para eliminar el caracol, que vivió para contar historias otro día más.

PS: De mi serie Minirelatos de cuarentena.