‘Lo siento mucho’, ‘Espero que tu familia y amigos estén bien’, ‘¿Estás vivo?’ (los exagerados de costumbre)… La distancia transforma todas las fórmulas de cortesía en algo vacío. ¿Por qué me preguntan a mí, nueve mil y tantos kilómetros del epicentro? No sé; las líneas están cortadas; no, mi familia no vive cerca del epicentro; no he vivido ahí por XIV años… Y los emails (¿o debería escribir imeil?) siguen llegando y rebotando.
Uno asume roles extraños, escribiendo cartas a un pasquín en Australia indicando que el sector forestal chileno todavía sigue en pie y que se recuperará rápidamente. ¿Cuándo hubiera pensado en ser ‘defensor del sector forestal de Chile’? Ridículo pero necesario.
Lucho Barrios está vivo
Chile es un país extraño—como toda generalización esta debe ser considerada con cuidado—con una capa muy delgada de modernidad que cubre nuestra picantería subyacente. En términos musicales, una mirada breve y poco atenta encontrará una canción producida por Lucybell o La Ley, que apela a un nivel internacional. ¡Qué pulido! Sin embargo, si retiramos ese velo fino nos encontramos con Lucho Barrios ‘Señor abogado, no quiero defensa, prefiero morir’. No hay nada malo con Lucho Barrios, particularmente con su época cumbianchera, el problema es creerse otra cosa.
Todos somos lo mejor del mundo
La broma constante con los brasileños es que todo es o mais grande do mundo lo que, bromas aparte, tiende a ser solamente una pequeña exageración. Una de las cosas que los viajes demuestran es que en gran parte del planeta vive la gente más generosa y considerada del mundo. En realidad a todos nos gusta pensar que es así, violando toda norma estadística todos estamos sobre el promedio de generosidad.
Post-terremoto vino un cuestionamiento interesante; un par de días después era una negatividad absolutista, ese ‘terremoto social’ que acompañó el terremoto físico, sísmico. Un nos quedamos en pelotas (desnudos) desde el punto de vista social, porque pudimos ver todos las costuras y parches del la copia feliz del edén. Un poco después el péndulo pasó hacia el otro lado, en esa experiencia teletónica en que todos somos buenos por antonomasia. Superamos lo insuperable y fuimos idílicos y considerados con el prójimo, al menos por televisión.
Después saltamos a comparaciones dignas de o mais grande do mundo. Mil veces la energía de Haití—no podíamos arrugar ante un país tan piojento y que nos ganaran en materia de terremotos, Concepción se movió tres metros y el eje de la tierra fue de Chile por un día. Y sobrevivimos. Bueno, y sobrevivieron, porque a nueve mil kilómetros y tanto el mar subió como treinta centímetros y el piso no se movió. Soy un sobreviviente vicario.
Aceptando nuestro Lucho Barrios interior
Quizás es tiempo de vivir nuestra realidad real. Aunque el pasaporte sea negro, aceptar que en lo profundo, el ex pasaporte rojo, sangre mapuche nos representaba mejor. Nos agrandamos antes de tiempo, éramos pobres pero teníamos ese orgullo de cultura; somos nuevo ricos y tenemos orgullo de lo que podemos comprar. Tenemos, tengo, que encontrar ese Lucho Barrios interno, para quien el orgullo-clase-media de haber estudiado en la U (LA U, no hay otra) se siente en paz con ‘Si me siento en este bar, es porque quiero olvidar, que la amé con devoción’.
La voy a olvidar (MP3).
P.S. Lucho Barrios es peruano, pero no entremos en detalles en aspectos marginales de la historia.