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Teófilo Pablo y el día que saltó de la escalera

Nada más admirable que una tarde de viernes sentado en una terraza.

Ya medio burgués o burgués y medio leo sobre pájaros, una carta que me envió el Maestro hace algunos años desde Paris, las noticias sobre vientos de igualdad y tomo jugo de naranja con galletitas “Social Club”.

Nada más ridículo, contradictorio pero internamente gratificante.

En ese momento Plaf! la vida gira en 180°C. Teófilo Pablo en cámara lenta cae a mis pies y se destroza la nariz en el borde de un macetero.

Todo tirado por la borda. Placer de viernes, placer de lectura, placer de tranquilidad consumidos por la fuerza de gravedad, la aceleración y los 90 kg de este ser humano que no sabía de su vértigo a los techos y menos sabía de como volar.

Pocas alternativas que barajar sobre la mesa, salvo llamar con mi “all connections cellular” a emergencia local para volver rápidamente a la normalidad de viernes burgués y de terrazas.

Nada más problemático ahora. Teófilo Pablo está inconciente y la sangre ya llego a dos de cuatro patas de mi blanca silla.

Bajo un tormento amargo busco una toalla y papel para simular que el acto de volar y su resultado sangroso no es tan grave como lo muestran las evidencias.

Sentado en la ambulancia ahora recorro las mismas calles que hace algunas horas me llevarían al placer imperdible de una terraza de viernes. La velocidad no es la misma como tampoco lo es esta misma circunstancia de serie 911.

Egoísta como soy, trato de sacar ejemplos de existencia. Reflexiono sobre la gran posibilidad que me pone la vida de acumular algunas historias algo más intrépidas y audaces que hacer clases en una universidad de prestigio ganado.

Ya la sangre se ha ido por la alcantarilla, la (in)conciencia de Teófilo Pablo ha vuelto a su lugar de origen y sólo falta detallar recetas médicas para volver a mi estado primario de viernes por la tarde.

Dice una auxiliar de aseo que ya son los últimos exámenes y que el atraso se debe a una gran señora que se quedó trabada en el túnel del scanner.

Miro de reojo por la puerta. Una morena enfermera de plásticos guantes me sonríe y me devuelve el placer de una tarde de viernes y terraza.

PD:

Cuidado que el lenguaje puede ser un virus…

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