Publicado por Marcelo el 08 - 11 - 2007 a las 8:16 am
Pasar el tiempo I
Estábamos en la vereda sentados todos cubiertos por nuestra capas bordadas de historias plateadas y colores estridentes. Éramos los reyes de esa calle llena de fiestas nocturnas, vino y de todo lo que puede haber durante una noche de invierno largo al borde de la ciudad.
A ratos, uno de nosotros se paraba en el abismo y en un rápido salto extendía su capa que iluminaba los ventanales y los muros aledaños. En segundos, todos los graffities volvían a la vida llenando de audacia y recuerdo el asfalto viejo a nuestros pies. Era nuestra alegría eterna!
La gente de muy lejos llegaba a ver nuestro espectáculo de cuasi cascada intelectual. Nos pagaban con signos de cigarros y fina comida enlatada fuera de nuestros dominios. No pedíamos nada, solo silencio y un poco de respeto a nuestro “mirar la vida”.
Nos decían los elegidos y las gentes nos amaba contradictoriamente al miedo que provocábamos en cada uno de nuestros aleatorios movimientos. Al parecer se ama lo seguro (lo que se conoce), fuese esto malo o bueno en el alma.
Todo se vivía perfecto hasta cuando en la esquina apareció el Cansiller deleznable y su anstro de seguidores fecundos. Lleno de sus reglas y con su capa azul y naranjo quiso cambiar esta ley como si fuéramos gente sin algún sentimiento previo.
Nada pudimos hacer. La lucha fue feroz y duró nueve días hasta que rasgaron la última capa morada-argenta que llevaba nuestra reina asignada a esta batalla. Ella era hermosa y tenía en sus manos las marcas de las cuencas que la decidieron ser reina. Dirigió nuestros ataques y estratégias hasta el fin. Incluso al sexto día, arrastró a los heridos al borde del mar para que se los llevara la corriente del norte.
Las banderas fueron sacadas de cuajo y cambiadas por carteles de decencia y luminarias color argón. En mi agonía vi como ahogaban bajo el agua la última bandera y como quebraban los mástiles adornados de piedras hermosas.
Ha pasado ya algún tiempo y todo el orbe a cambiado. Nada queda de nosotros como si recordarnos fuera un acto delito pagable solo con la libertad absoluta.
Ahora todo es azul naranjo y fecundo. Solo en la clandestinidad mayor, a ratos, salen giros estridentes como luces estereoscópicas que celebran los antiguos tiempos de nuestras supremas capas.

La Naissance de lomme de Roberto Matta
1 Comment
January 19th, 2009 at 9:21 pm
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