Publicado por Luis el 10 - 11 - 2007 a las 9:55 pm
Viaje por la cresta del mundo
Desaparecido por una semana, pero andaba de viaje por la cresta del mundo. En Chile es fácil pensar que uno esta en la cresta (o el hoyo) del mundo, pero hay otros lugares en que el sentimiento es igualmente (o incluso más profundamente) familiar: Gisborne, por ejemplo. Gisborne es uno de esos lugares que no queda camino a ninguna parte, tanto así como para que sea mi primera visita en once años. Llego en un bimotor con otros ocho pasajeros, a un aeropuerto que parece closet. Un teléfono solitario permite llamar a una compañía de taxis, porque no hay ninguno esperando. ¿Para qué, si el resto son locales que tienen un familión esperando? La composición étnica es distinta también: la mitad de los otros pasajeros del avión son Maories, uno de ellos tatuado en la cara, y las mujeres de la familia también utilizan Moko.
No ando de turismo sino que por trabajo. Una reunión de oficina seguida al otro día por una visita a terreno, de esas de dar tumbos en un jeep, visitando (sin mucho sentido) plantaciones. Algunos árboles están marcados con códigos que deberían impresionar — por alguna razón oculta — pero que me llevan a encoger los hombros. ¿Qué hago aquí? Podría estar tomando un café aromático y recomponedor, pero estoy evitando caer en medio de un derrumbe en el hoyo del mundo. La gracia de estos viajes con poco sentido es que uno se pone al día con algunos amigos que no he visto por mucho tiempo; chismes, pelambres, noticias entretenidas, ideas de proyectos de investigación, hipótesis a probar, etc.
El viaje de regreso es similar, aunque con doce pasajeros y el avión dando más saltos de lo que se siente cómodo al aterrizar en Wellington. En realidad no es sorpresa, porque todo el mundo sabe que aterrizar en Wellington es incómodo en un día bueno y de terror si realmente está ventoso.
Veinte minutos de espera, cambio de avión y otros 45 minutos esta vez en un avión de tamaño normal (767). La calidad del servicio en Air New Zealand sigue decayendo con el tiempo: pasamos de ‘algo de comida y café’ a ‘café con una galleta’ a ‘un vaso con agua y péguese con una piedra en el pecho’.
Llego de vuelta y O me está esperando contentísimo, salta, me da un abrazo y grita de alegría. Los otros pasajeros cambian la cara seria por un esbozo de sonrisa y vuelven luego a su cara seria. Llegué de vuelta a Christchurch, todavía en la cresta del mundo, pero diez veces más grande que Gisborne. Home sweet home.
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