Publicado por Luis el 13 - 10 - 2008 a las 4:03 pm
Poesía de baño, sentado en el trono y cantando
Cuando niño deseé el Nobel, pero como astrónomo, explorador heliocéntrico de misterios cosmológicos. Al tiempo mudé mis expectativas a horizontes más cercanos: la fusión del átomo, el quebrar de la luz o la cuenta de electrones. Ignoré las otras categorías: el principio de irresponsabilidad social me obligó a declinar.
Con el pasar de los años fueron las letras, quise llegar a la novela, un cuento chusco que sea. Pero la impotencia aeróbica, la incapacidad para la carrera de diez mil o más palabras fué un choque frontal con un tren de carga, cristales húmedos porosos, que me dejaron mal herido de un ala.
Convalesciente de esa caída empezaron mis devaneos con las ideas quebradas en pequeños pedazitos, usando un papel angosto y largo. Las primeras (y tímidas) aproximaciones fueron con nicanor, en un intento de igualar el diestro cinismo del bufón mayor. Está claro que de haber vivido en tiempos pasados hubiera sido condenado a una fritanga medioeval perpetua. Debo reconocer también que por miedo no pequé con otros poetas mayores ni lejanos. Contradicciones vitales me impidieron ser telúrico, impresionista, monje tibetano, o despojado de la gracia divina y ardiente iluminado.
Finalmente llegue a vivir de los números y de los árboles o, mejor dicho, de los números de los árboles. Su incesante siseo de verano y hojas péndulas, ecuaciones, algoritmos y otras bellezas matemáticas: mi mundo desordenado de anillos concéntricos.
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