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Aunque usted no lo crea

La mayoría de las películas de zombies empiezan con una premisa simple, ya sea los zombies existen (pero no sabemos cómo aparecieron) o hay un evento violento. En este último caso, el cambio es abrupto con un antes y un después clarísimos.

Pero este año fue diferente: un choque de trenes de carga anunciado por meses, en cámara lenta y con tomas de múltiple ángulos. Dieron una, dos, tres y aún más oportunidades, ¡pero para qué seguir recomendaciones que fueran afectar la economía! Mejor improvisar, ser batidinámico y empujar primero una ciudad y después todo un país por un pasadizo muy chico, sin lugar para todos. Y miles no cupieron.

No tenía que ser así y todavía no debe ser así. Lo sé, porque en esta realidad alternativa al otro lado del Pacífico, no sobró gente, ni hubo pasadizo muy estrecho. Y el mundo no se acabó, la economía siguió funcionando y no tuvimos películas de zombies. Hay quienes no creen que sea posible, pero sí, aunque parezca de Ripley. Un poco de empatía, un poco de esfuerzo y la magia ocurre, aunque usted no lo crea.

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Emprendimientos

Se inundó la ciudad, como cada vez que llueve más de un par de gotas. Los ríos porfiados se tomaron las calles, insistiendo que sus cauces anteceden pergaminos y títulos de propiedad, concreto y gaviones. “Somos ríos y no creemos en el papel” explicaron con voz profunda e impaciente. Los márgenes de costumbre respondieron con emprendimientos, que es una manera bonita de decir pegas precarias. Ingeniería de puentes con tablas y ladrillos, ferries de triciclos o incluso viajes al apa. Lo que sea para que los transeúntes eviten por unos pocos pesos quedar embarrados cruzando la calle, trasbordando de bus a colectivo (o viceversa). Té o café con sopaipillas o arepas para entrar en calor completan el servicio. Su propina es mi sueldo, ¿le cuido el auto?, unos cuadros de papel higiénico en el baño público. Así es el empresariado de invierno en la Nueva Extremadura.

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Una tela de cebolla

Chile es un velo, una tela de cebolla que cubre livianamente el paisaje. Es como uno de esos campos llenos de arañas australianas que viajan con sus paracaídas blancos, cubriendo absolutamente todo. Hay quienes argumentan que las instituciones con columnas jónicas y bibliotecas con leyes y decretos son una señal gloriosa de desarrollo. Bueno, eso y los notarios poniendo timbres, y firmas apuradas con lápiz pasta denotando eficiencia. ¡Hemos dominado y construido el paisaje!

Pero si uno mira con cuidado, la lámina de órden está hecha de cholguán, fonolas y pieles de gato teñidas con manchas de jaguar. La abundancia de hoyos se tapa con una mezcla de sopaipilla y chancaca untada hasta ser translúcida; o con mortadela cortada de visita, que es mucho más sabrosa (en mi humilde opinión). Si llueve mucho, o tiembla fuerte o aparece un bicho chico empiezan a relucir los hoyos.

Es de buen pobre guardar la base de la cebolla, plantarla y cosechar una nueva meses después. Así podemos tener más telas—cosidas con hilo negro y pegadas con engrudo—para cubrir los bosques de hualo, de espinos, y de ulmos. Un nuevo velo para cubrir levemente el paisaje, por lo menos hasta la próxima crisis.

Campo cubierto de telarañas en Australia.
Arañas Australianas (foto: EPA).
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Cuentan los antiguos

Cuentan los antiguos que cuando los volcanes amenazaban con lava, los terremotos quebraban huesos o los incendios consumían bosques enteros había que hacer un sacrificio. Un pequeño animal, una comida especial o un cántico rítmico apaciguaban a los dioses. El fuego retrocedía, el volcán ladraba pero no mordía y la madre tierra se relajaba con uno que otro estertor hasta alcanzar calma completa.

Pero ya no tenemos a los antiguos y los dioses modernos son de plástico con un microchip que abre las puertas a los templos del comercio. No basta una canción o un plato especial; es hora de subir la apuesta y sacrificar humanos.

(En general de los más baratos parece ser una buena idea. De cota baja, ciudadanos de a pie y buenos para el fanshop y el completo)

Cuando en el futuro hablen de los antiguos se van a referir a nosotros, preguntándose por qué transamos vidas por tarjetas de plástico.

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En el fondo de tus ojos

Martes 26 de Noviembre 17:30 pm. Ya no están los tiempos para ocultarte aquella verdad inesperada que nos llegó de súbito como flash de una fotografía digital no deseada.

La luz que se consume en el fondo de tus ojos formando las imágenes cotidianas que construyeron tu infancia y te enseñaron a reconocer plantas, aves y paisajes ya no llegará más.

Dicen que fue un error estar ahí ya que la muchedumbre, con sus gritos de revancha y equipos de defensa, al igual que juegos de niños en día de lluvia invernal, confundía hasta los signos zodiacales.

Pero algo es claro hoy entre copas de árboles primaverales que cambian de color y forma como lo hace hoy el ánimo extenso de los individuos en las calles de la ciudad .

Sueños violentos seguirán visitando nuestra memorias y ahora, para poder mirar el paisaje, tendremos que exhumar nuestros recuerdos ignorando por siempre la luz en el fondo de tus ojos que no volverá.

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De cajón

Nos concentramos tanto en la urbe, ese laberinto de concreto con millones de vehículos titilando como insectos, que se nos olvida lo que está detrás del cerro. Por eso subo y bajo laderas, con plantas de hojas de cuero o espinas, cuidando cada gota de agua: se les va la vida en eso.

Algún vivo de cuello y corbata tuvo la idea brillante de transar el agua “a terceros”, jugada maestra, total sucedía más allá del cerro. Camiones, glaciares, relaves y el agua se hizo poca y turbia, por allá en el cajón del río.

¿Por qué preocuparse del planeta cuándo la política colapsa? Suena raro, pero incluso cuando buscábamos perdidos y encontrábamos hornos de cal, así de peluda nuestra existencia, Nicanor nos llamaba ‘a defender los últimos cisnes de cuello negro’.

Tuvimos ecopoemas y econstitución. Cuarenta años más tarde, de cajón, todavía necesitamos a Nicanor.

* Nicanor Parra nos dejó dos años atrás. Con tanta lesera, puchas que nos están radicalizando.

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Los árboles no son ajenos a batallas

Los árboles no son ajenos a batallas por espacio, entrechocando ramas y desatando guerras químicas con sus raíces. ¿El premio? Agua, luz o nutrientes para sobrevivir, dominar y reproducirse. Ha sido una guerra eterna, o por los menos de millones de años, que son varias eternidades para este humano moribundo. Pero ahora es diferente: nosotros entramos a la pelea.

No se trata de un mano a mano, rama contra brazo. La contienda es desigual y cambiamos el mundo: reemplazamos los árboles con espacios abiertos, pavimentamos, compactamos, somos mezquinos de agua y luz, hasta que esperan quietos. Se secan, se enferman, se ponen amarillos; pálidos de hojas mustias, secas, hasta llegar al desnudo total. La lenta agonía de los árboles, del bosque esclerófilo de la República, de la Capitanía General, del Wallmapu, de las tierras ancestrales antes de los primeros humanos en el cono sur.

Estamos perdiendo nuestros amados árboles, más rápidamente de lo que soñábamos.

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Mélange en el subte

Viernes 17 de enero 12:10 hrs. Que nos ha pasado hoy. Bajo tierra la urbe escalofriante de ruido. Cantantes de ópera violines y vendedores de agua llenan el espacio posible.

Un escenario, un mini market y la muchedumbre que entra y sale transando sonidos y mercaderias para pasar el calor o para olvidar el día en movimiento.

No se si es cultura o simple desesperación por querer pagar un arriendo a fin de mes o algunos días de descaso en una playa muy local.

Aqui en lo subterráneo la vida fluye con alta entropía y miedo al fuego que se descarga silencioso sobre un Santiago de Chile cada día más desarmado.

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Paranormal

En los años 70 Uri Geller entró a nuestra realidad, doblando cucharas con su mente. Era una mentira cochina y un negocio redondo, pero así era el epítome de lo paranormal. Cazafantasmas explotó en los años 80, con fantasmas pegajosos y un incrédulo Dr Venkman liderando a colegas convencidos, pero por un precio. No era cosa de cazar fantasmas gratis, por lo menos al principio de la película.

Por eso no es de extrañar que Chile tenga personajes que explotan su paranormalidad. A ver, esto pasa en todas partes; cada país tiene sus Geller y Venkman. Pero el nivel de paranormalidad y el número y composición de personajes en Chile cuesta entenderlo. Hay una legalidad donde robar millones es menos malo que un delito de poca monta. Es un mundo de primos, amigos de colegio que no doblan cucharas con triquiñuelas, sino que tuercen regulaciones y destrozan ecosistemas en el proceso.

Y pasó en los 70, en los 80, en los 90, … hasta hoy, en que algunos extrañan tiempos paranormales en que “estábamos al borde del desarrollo”. Olvidan que el desarrollo no es paranormal, excepto casos puntuales de estafadores. Incluso Venkman, después de un comienzo poco auspicioso, se da cuenta de que hay cosas más importantes que el dinero fácil: los Cazafantasmas tenían responsabilidad social.

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La tierra se abrió

Ufólogos, partidarios de teorías conspirativas y personajes similares predican la idea de puntos de alta energía. Tú sabes, lugares que poseen ese no se qué, como de aire cargado con electricidad, que te empujan a soñar con un mundo alternativo. Hay versiones menores con cristales de cuarzo, pirámides que renuevan el filo de hojas de afeitar y vibraciones de aura. Pero los puntos de verdad, los chakras de la tierra, te hacen sentir un cosquilleo en el estómago.

Las pirámides de Egipto o templos en Tibet son puertas cósmicas, como lo es el Valle del Elqui. Pero hay puertas menores, que en ocasiones especiales alcanzan una potencia inesperada, producto de cadenas de sucesos de probabilidad infinitesimal. Imagina un amanecer típico a las 6:58 am de un viernes, del día 291 del año 2019. El pronóstico era de 26 grados, sin más ni menos satélites orbitando el planeta, ni más ni menos tráfico, con la contaminación de costumbre. En fin, un día normal. Excepto que fue la primera pieza del dominó, el primer copo de la avalancha, la llave para el chakra, la primera bacteria para la herida purulenta de Plaza Italia.

Ahora no sabemos que sigue, si otras puertas urbanas, portones rurales o, dios nos libre, un regreso a esa tranquilidad aparente. La incertidumbre de violencia explícita, o esa paz entre comillas, de violencia implícita y de mirar para el otro lado. Sinceramente no sé si tenemos elección, porque la tierra se abrió y hay que conversar con ella.