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La calabaza esférica

En un ir y venir de mascarillas de colores, oscuras o de figuras irreconocibles nos movemos hoy sutiles no presentes.

Como los aplausos al ritmo de una agradable melodía de Jazz o Soul antiguo, si, muy antiguo como las calles donde nos perdimos en nuestro viaje a New Orleans.

¿Te recuerdas de Orleans y de cuando me decías que era aquí donde engendrariamos el ritmo del próximo milenio?

Las miradas sin sonrisas hacen que tus ojos se vuelvan más importantes que los mismos cinco sentidos. Ahora hablas por medio de ellos como en una conversación a la salida de un bar.

Vivimos bajo este ritmo que nos salva de lo que ya no solo pasa afuera, sino que ocurre expandido por todos los muros de nuestra pieza. Nueva vida que ocurre a la velocidad de periódicos en una imprenta.

Sabor a pimienta degustamos en las esquinas y solo por los ojos saludamos, aprobamos el pedido de la feria o reclamamos por el último discurso del presidente.

En New Orleans no me importa mucho como estoy vestido o si mi vieja camisa a lineas azules y cuello gastado anda bien con el color de mis pantalones a notas musicales.

8 pm de una tarde de Mardi Gras que oscurece un poco más lento. Vuelvo a mi refugio rápidamente ya que debo celebrar el día 153 desde cuando comenzamos a vivir esta cuarentena.

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La conservación

Si quiero ver un bosque en el borde de una ladera andina debo conservar la red de relaciones que permiten que exista el bosque

Si quiero ver una pradera nueva desde el fondo de un suelo olvidado debo guardar la red de relaciones que permiten que ella sea pradera.

Si quiero ver un cielo azul después de una lluvia Mediterránea debo procurar la red de relaciones que permiten que este sea azul.

Si quiero que te quedes esta noche a mi lado debo asegurar esa red de relaciones que te permitirán ser libre nuevamente en la mañana.

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La medida de la muerte

La muerte llega estos días de la mano de un virus incognito que, en su camino hacia el invierno del sur, deja atrás millones de cruces enterradas en cementerios improvisados como aquellos cunado niños dejábamos a nuestras mascotas.

La muerte en este tiempo, al igual que el impacto de un cometa em la superficie de un planeta, ha congelado la vida no permitiéndonos el último beso en la frente, la última caricia o el último mirar de unos ojos en vida de un querido.

Pero, ¿que hacen los científicos estos días cuando ella, sentada en la sala de espera de una UCI, aguarda al próximo pasajero que cruzará el Aqueronte?

Con modelos matemáticos, estadísticas complejas y peleas en el ring de los supuestos intentamos dar de una vez por todas con el número mágico exacto que represente la imagen de su medida.

Ella, que ha acompañado al homo durante siglos a través de su trayectoria, mira para atrás, se ríe y sigue con su meticuloso e implacable trabajo.

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La luz tras las cortinas de vidrio

La arremetida de lo imprevisto en la sociedad nos pasa la cuenta. ¿Cuantas rayas por metro cuadrado en las calles de la ciudad, cuanto adoquin de piedra de montaña sacado de cuajo y puesto en la barricada de la esquina, cuanta esperanza, rabia, desazón e impaciencia sin terminar, inconclusas?

Ahora, las avenidas sin semáforos son dirigidas por el pueblo, el pulento pueblo que se reveló a si mismo cansado de si mismo y de como lucia su rostro en el espejo de las sociedades emegentes. – Prefiero ser pobre y mortal que rico en edificios que parecen escenografía- me decían al tirarles una moneda por la labor de dirigir el transito en las grandes vías.

Todo cambió y seguro seguirá cambiando ya que hoy lo imposible si ocurre y se transforma en cotidiano. Nos tomó 20 años salir de una dictadura que regía el territorio sin las leyes de las Tecnologías de Información. Nos tomó otros 30 el darnos cuentas cuan inbéciles habiamos sido al creer lo que decian las pantallas en las casas, calles y teleéfonos inteligentes. Y nos tomará 40 años más poder volver a ser algo que no sea una copia infeliz del eden de una sociedad moderna del emisferio a coordenadas positivas.

Han sido duro estos 46 últimos años, donde a la macro escala siempre hemos vivido en la catástrofe ya sea natural, la de los merccados emergentes y ahora la del desgaste de las emosiones por un devenir sin devenir que tienen los jovenes en las calles ya cansados. A la micro escala se vive bien, se es feliz con un café pensando en un futuro que ahora, con más certeza que incerteza, se ve complejo y que a destellos de noticias y eventos novedosos parece que nunca llegará. Como ocurre con la luz tras las cortinas de vidrio en esta ciudad

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La sombra tras el tiempo

Santiago, 12 de diciembre de 2019. Ya van 50 días desde el inicio de la revolución donde hemos visto con asombro todo lo que ha emanado desde nuestros corazones como vómito volcánico que deja en la superficie un orden de nuevos materiales.

En las calles rayas hasta el desquisio la palabra “muerte al conquistador” se repite una y otra vez en colores y caligrafías diferentes que acompañadas de demandas a ratos universales, locales, antíguas y contradictorias nos hablan de dolor acumulado hace ya varios siglos.

¿Quien fue, en esa mañana iluminada de junlio de 1493, el primer mujer/hombre que nacido en las ´islas Guanahani marcó con su llanto la división del universo? La revolución del 18 de Octubre es solo eco de ese despertar antiguo de millones de mestizos como yo.

Aquí fuimos abandonados uno a uno a través del continente Americano: sin cosmovisión que nos hable del origen, sin rito de iniciación al despertar la primavera y solos amparados del amor de nustras madres que siempre nos han amado hasta el infinito.

La revolución seguirá su marcha implacable transformando todo precepto y convicción acumulada tras la sombra del tiempo. No se si llegará algún día a su fin, no se si será la redención a tantos años de silencio Americano.

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Carros Rojos

A Sonia Reyes Paecke

Las calles corren vacias de autos y microbuses despues de las 17:00 hrs en un Santiago de paredes rayadas y perfumes de humos ácidos que emanan de bombas lacrimógenas.

En la esquina de Alameda con Portugal un grupo de chinchineros toca sus tambores y en giros orbitales marcan el ritmo de una primavera que se siente más caliente que antaño.

Un poco más al oeste la gente que ocupa la calle para un picnic o para una conferencia constitucional gritan por las nuevas posibilidades de un país soñado desde otros tiempos.

Más abajo, a un costado del cerro Huelén, una orquesta de trombones y trompetas irrumpe en la esquina siguiendo su marcha incondicional simulando ante todo una fiesta de domingo.

Alameda con Santa Rosa frente a la Biblioteca Nacional. La batalla campal, los gritos de muerte indecibles, el humo de un incendio que consume a edificios redimidos en la antigua democracia.

Llegan los Carros Rojos que con permisos obtenidos al paso de una muchedumbre congelada por imágenes del Dante no sabe si ya es suficiente lo avanzado hacia el abismo.

Vuelvo caminando a mi casa después de una tarde no reconocida en mi memoria. Me esperan las pantallas que con sus luces RGB me mostrarán una y otra otra vez la misma película.

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Mi mirada no se detiene con el tiempo

Mi mirada no se detiene con el tiempo

Lo sabias cuando entraste a la sala del museo de La Moneda en ese Santiago de Chile.

Buscando pesares escondidos en las piedras o un momento para descanasar al tumulto de hombros que marchan por la ciudad.

No encontramos en un rincón indefinido y me dijiste “mi mirada no se detiene con el tiempo”

Afuera todo seguirá normal, normal como nuestro primer beso después de la catástrofe.

(Fotografía Marcelo Miranda (c) )

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Certezas

Marcelo. Dime, ¿cuales han sido tus últimas certezas?

Una brisa toca mis mejillas en una tarde de primavera a 34°C por día, por noche.

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Momento de inestabilidad

Hace tiempo que no sentía tanta inestabilidad.

Las personas en las avenidas de la ciudad corriendo y gritando como si el sol se hubiese detendino en un punto para luego no avanzar.

Los ojos gritan ya que el silencio de las voces se expande como ondas llenando de fuego y rabia edificios de gobierno e iglesias eximidas.

Ahora nadie nos puede decir que es lo que debemos hacer. Nadie puede hablar y mudos estamos frente a las pantallas digitales.

Como bien lo ha dicho mi amigo Nicolas “la palabra ha perdido su sentido y ha comenzado la violencia”

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Al fondo los árboles se secan

By Marcelo Miranda

Es domingo y ya preparo la idea de ir a almorzar bajo un invierno que no tuvinos y una primavera que se niega a partir.

Hoy el jardin me llamó a visitarlo y a ayudarle a configurarse como si la primavera exitiese en la memoria de un olvido recurrente.

Parece un domingo tranquilo pero en el fondo tras de mi los árboles, los bosques en la cordillera se secan y yo no puedo hacer mucho por ello desde aquí.

Cuesta entender y no tengo lenguaje para expresar lo que nos está pasando hoy bajo esta incertidumbre de tiempo, clima, de la sociedad vida.

Ahora parto a la feria a buscar frutas de un inviernos que no existió y frutas de una primavera que no llegará, forzando al máximo la existencia para una posible estabilidad.

Estabilidad efimera como los árboles que se secan atras de mi en una cordillera que parece ir en retirada.