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Taxonomía de muertes

Estoy muerto de susto, de frío, de hambre, de cansancio… Son muertes falsas, superlativos, exageraciones de poca monta. La parca, la pelada, la ingrata, la pelona y numerosos eufemismos son la experiencia verdadera, los encuentros de los que nadie puede decir algo, porque nadie ha vuelto. A menos que uno crea en médiums y otras sandeces.

A veces la muerte llega como salvación, algo así como ‘después de una larga enfermedad…’ en que es un alivio, porque cortó el sufrimiento y el dolor del cáncer u otro tabú mortal. Otras veces es la injusticia inesperada de una vida alegre que todavía tenía mucho que ofrecer. Esta última es una muerte dolorosa que rogamos no enfrentar.

Hay muertes indolentes, muertes distantes, genocidios, muertes esperadas. El amor nos hace vulnerables a la muerte de otros, pero ¿quién quiere vivir sin amor? Creamos y amamos y abrimos flancos al dolor de la parca. Es un trato que vale la pena: ganamos más de lo que pagamos, pero hay momentos en que cuesta recordarlo.

Lo siento.

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Tres encuentros con la muerte

Tuve tres encuentros con la muerte:

Hoy recibí un e-mail demasiado corto como para leerlo dos veces. Carlos Urrejola había muerto. Lo conocí hace quince años y hablamos de árboles, ballenas y de los pescados que llegaban en ese momento a la playa.

El jardín y las raíces de los árboles se extendían hasta el límite de los ideales hoy imposibles.

El e-mail fue demasiado corto como para leerlo dos veces.

Raúl Alfaro tocó a mi puerta y dijo que su esposa lloraba por su padre que había muerto. La tarde estaba más oscura y al cerrar la puerta sentí esa minima distancia al silencio absoluto de dos minutos en silencio.

Imagino a Pedro Álvarez sentado a la sombra de un piñonero en alguna plaza de Recoleta. Su luz bajó por la pendiente y fijó el verde que hoy llevan los taxis en la mañana.

Nadie tocó la puerta hoy y nadie estaba para regar las crudas plantas del jardin en la vereda.

Tuvieron que pasar noventa y nueve años para recibir la noticia celular: Petronila Miranda ha muerto.

Nunca antes había visto a alguien más hermosa como ella. Tan extensa y tan color a desierto de Atacama en sus largos dedos de drenaje de cuencas.

Miles de senderos fueron pensados para sostener su historia a tres yardas de una usina humeante.

Vimos su reflejo pasear al lado de la ventana. Amarrados a sus brazos, arrodillados a su cuello lloramos hasta que destellaban luces estereoscópicas en la pequeña pieza de hospital.

Tuvieron que pasar noventa y nueve años más para recibir un telex con la notica ya pensada.

A una distancia mínima de nada, a tres distancias fuertes sobre mi espalda, sigo y sigo buscando los papeles y la lógica que me saquen de esta rara realidad.

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Miradas

Por una vida análoga

Desde hace varios años (1995 creo) mi comunicación escrita es fundamentalmente a través de email. desde el año 2000 mi fotografía es mayoritariamente digital. Mi calendario, ayuda de memoria, lista de artículos de investigación, cálculos varios, etc. Todo es teclado, pantallas y botones.

Es extraño, pero después de todo este tiempo la mayoría (o, quizás, todas) las interacciones aún tienen vestigios análogos. Una de mis cámaras digitales hace un sonido falso de obturador, el ícono para grabar todavía luce como un diskette, mis tareas aparecen con una raya cruzada al completarlas, al vaciar el reciclado del computador suena como una picadora de papeles; suma y sigue. Es un sucedáneo digital de un mundo análogo, de valores intermedios, de cosas que pueden ser o no ser, que son difíciles de capturar con unos y ceros.

En vista de la situación, he comenzado un regreso a tiempos más sencillos. Mi agenda es nuevamente de papel y nunca se queda sin baterías. Sí, aún ingreso mis compromisos en un calendario electrónico, pero solamente como respaldo, en caso de perder mi agenda. Cuando quiero escribir algo interesante muchas veces recurro ahora a una pluma fuente: tiene una gracia aún no atrapada por lo digital. Estoy en el proceso de resucitar mi antigua Pentax MX — el fotómetro pasó a mejor vida — y buscando una ampliadora barata. La fotografía digital no es lo mismo: falta el elemento sorpresa y me he vuelto más descuidado al componer. Es más fácil sacar muchas fotos, borrar las que no sirvan y usar un editor de gráficos para mejorar, corregir y pulir.

No se trata de oponerse a la tecnología, pues todavía paso gran parte de mi tiempo en frente de un computador. Sin embargo el tiempo libre, ese tiempo que es solo mío, es análogo, porque el placer está en la infinita variación de las cosas pequeñas.

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Miradas

Tres evidencias de solsticio de verano

Escribo en mi libreta tres evidencias de solsticio de verano.

1.- El sol traspasó el límite de lo impensable:
– Una hoja de hortensia
– Luz en los ladrillos sin terminar
– Las vigas del religioso edificio muestran su defecto

2.- Cambios cíclicos fuera de control:
– Se secan los muros que dan al sur
– Aparece de su escondite un Fío Fío
– Caen limones estrepitosamente

3.- La apertura a la danza epopéyica:
– Las muchachas de hombros frescos buscan un observador
– El mar sube su volumen en una esquina del gran Valparaiso
– Diego toma coraje y sale a explorar terraza adentro

Cero problemas. Bajo estas evidencias de sentido, la vida no va a continuar girando igual.

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Miradas

Alfondo

Si, aquí estoy al medio de este universo.

A igual distancia del big-bang, Saturno y de Andrómeda, donde tiro todo hacia afuera dando la impresión deseada de aceleración.

Mis brazos son la fuerza oscura que tiene intrigados a los astrofísicos. Nada gravita si no se arranca de si mismo y nada estará en su lugar antes que termine el tiempo (ya hablaremos de mis ideas de término).

Yo soy la gran voz que se le ocurrió esta forma peculiar de las formas. Qué más bello que la idea de un comienzo, una explosión isotrópica para un resultado completamente anisotrópico. Las evidencias las encontrarás en las figuras al borde del mar y en los reflejos de click de los satélites.

Nada más cansado que yo. Aburrido de tirar y tirar universos saturados de materias diferentes e ingenuas como un juego de HyperCube.

A ustedes les he permitido el hidrógeno, el helio y el carbono. A otros cosas indescriptibles en este espacio de tan solo 4 dimensiones.

Yo se donde partir espacios que no me interesa donde terminan. He sido capaz de concentrar la complejidad absoluta en actos tan simples como la superficie de una esfera, en el vuelo de un pájaro o en la onda de una ola.

Ahora estoy antes del inicio del tiempo craneando humanas explicaciones para mis sagradas escrituras.

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Miradas New Zealand

Paraíso urbano

Me pagan por pensar, por descubrir, por inventar cosas extrañas. En sí, no es un mal trato: un sueldo por hacer algo que me gusta. Sin embargo tiene sus desventajas, en que me cuesta desconectarme de estar siempre pensando; mi parte obsesiva domina y eso cansa. Entra el paraíso urbano: el patio de la casa. El terreno de la casa es pequeño (500 m2), pero hay partes que me fascinan, particularmente el rincón de hierbas.

Cuatro tipos de menta, cedrón, tomillo, toronjil, orégano, romero… Uno de los placeres de la vida es regar ese rincón, tocar las hojas y sentir los olores penetrantes. Ver como las plantas crecen y cubren poco a poco más terreno. Ver los pajaros que vienen de visita, pasear a la sombra del Ake Ake.

P.S. Marcela planta las hierbas, yo sólo las riego.

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Miradas

¿Quién dijo que todo era lindo?

Tiempo atrás hablé acerca de ser el malo de la película. En esa ocasión el objetivo de mi reunión se salvó por medio de un período a prueba: justicia natural, necesidad de dar otra oportunidad, bla, bla, bla… Ayer venció el tiempo a prueba con el resultado pronosticado; falta de progreso, falla, tiempo perdido.

Tu candidatura ha sido cancelada, tu visa será revocada, gusto de conocerte, hasta la vista baby (como un Terminator cualquiera). Es terriblemente difícil decirle a alguien que no es suficientemente bueno. Disculpa, pero en este momento voy a destrozar tu sueño de los últimos años. Lo siento, pero no es bueno que te identifiques con lo que haces, no eres un fracaso como persona, sólo un doctorado que no resultó. Es por mejor.

Un colega me dijo ‘así que has tenido un día difícil’ y mi respuesta ‘sí, pero ni la mitad de difícil que el día de X (el estudiante cancelado)’. Hay gente que es contratada como managers y su primera tarea es despedir 2000 empleados. ¿Cómo lo pueden hacer? Quizás es la seguridad de los grandes números; matar una persona es difícil, limpieza étnica tipo holocausto es más fácil (no son personas, es una masa). Quizás debería echar un ciento de estudiantes. Es por mejor.

*El título corresponde a una obra de teatro en mi época de colegio secundario.

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Miradas New Zealand

Autobuses

A pesar de mis mejores intentos ciclísticos, hay veces que no es posible utilizar el furioso biciclo. Por ejemplo, este mes estoy haciendo clases tres días a la semana, lo que implica un cambio de vestuario. No, no estamos hablando de chaqueta y corbata, pero de camisa decente y pantalones largos limpios. Debo reconocer que en ocasiones me da flojera, y en vez de cambiarme de ropa despues de bicicletear, simplemente tomo un autobús.

Ah, el homo santiaguensis tirita al pensar en autobuses y Transantiago. Sin embargo, yo estoy hablando de autobuses que pasan a la hora, con choferes que no andan a escupitajos con los pasajeros y sin cumbia desenfrenada mientras compiten con otro recorrido. En general, me refiero a la version típica, aburrida, anglosajona de chofer de autobús (de la que hay excepciones, por cierto).

Como en todas partes, uno podría hacer una tesis de doctorado estudiando el transporte público. Pero esto es un blog, así que los comentarios de carácter sociológico se limitan a un párrafo. En resúmen, la hora es de crucial importancia. Generalmente tomo un autobús a las 7:20, 7:50 u 8:20. ¿Pueden detectar la serie? Los autobuses pasan cada media hora. El de las 7:20 es de gente que va al trabajo, el de las 7:50 rebalsa estudiantes y el de las 8:20 es de gente que entra a trabajar un poco más tarde. Los de las 7:20 y 8:20 on también de immigrantes. El otro día creo que había solamente un kiwi (persona nativa de NZ) en todo el vehículo; el resto eramos una muestra de las Naciones Unidas, con un sesgo por países asiáticos. El de las 7:50 es un poco menos multicultural, pero todavía hay una buena cantidad de estudiantes que claramente vienen de otra parte: chinos y japoneses abundan.

Cualquiera sea la hora yo contribuyo al aspecto internacional de ‘la máquina’. Mi uniforme está conformado por mi fiel bolso de cuero (con un par de libros y el macbook pro), algo para leer (usualmente The Economist) y una bolsa plástica que — con total carencia de elegancia — lleva mi almuerzo. Lo que no extraño son los vendedores ambulantes porque aquí no hay ‘señoras y señores pasajeros…’ Tiempo promedio en mi viaje: 13 minutos.

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Música Miradas Uncategorized

Teófilo Pablo y el día que saltó de la escalera

Nada más admirable que una tarde de viernes sentado en una terraza.

Ya medio burgués o burgués y medio leo sobre pájaros, una carta que me envió el Maestro hace algunos años desde Paris, las noticias sobre vientos de igualdad y tomo jugo de naranja con galletitas “Social Club”.

Nada más ridículo, contradictorio pero internamente gratificante.

En ese momento Plaf! la vida gira en 180°C. Teófilo Pablo en cámara lenta cae a mis pies y se destroza la nariz en el borde de un macetero.

Todo tirado por la borda. Placer de viernes, placer de lectura, placer de tranquilidad consumidos por la fuerza de gravedad, la aceleración y los 90 kg de este ser humano que no sabía de su vértigo a los techos y menos sabía de como volar.

Pocas alternativas que barajar sobre la mesa, salvo llamar con mi “all connections cellular” a emergencia local para volver rápidamente a la normalidad de viernes burgués y de terrazas.

Nada más problemático ahora. Teófilo Pablo está inconciente y la sangre ya llego a dos de cuatro patas de mi blanca silla.

Bajo un tormento amargo busco una toalla y papel para simular que el acto de volar y su resultado sangroso no es tan grave como lo muestran las evidencias.

Sentado en la ambulancia ahora recorro las mismas calles que hace algunas horas me llevarían al placer imperdible de una terraza de viernes. La velocidad no es la misma como tampoco lo es esta misma circunstancia de serie 911.

Egoísta como soy, trato de sacar ejemplos de existencia. Reflexiono sobre la gran posibilidad que me pone la vida de acumular algunas historias algo más intrépidas y audaces que hacer clases en una universidad de prestigio ganado.

Ya la sangre se ha ido por la alcantarilla, la (in)conciencia de Teófilo Pablo ha vuelto a su lugar de origen y sólo falta detallar recetas médicas para volver a mi estado primario de viernes por la tarde.

Dice una auxiliar de aseo que ya son los últimos exámenes y que el atraso se debe a una gran señora que se quedó trabada en el túnel del scanner.

Miro de reojo por la puerta. Una morena enfermera de plásticos guantes me sonríe y me devuelve el placer de una tarde de viernes y terraza.

PD:

Cuidado que el lenguaje puede ser un virus…

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Chile Miradas

Todos los once de Septiembre

Tengo vagas memorias: haciendo cola para comprar algo (¿detergente quizás?), y después helicópteros volando bajo, cuerpos tapados con papel de diario, el temor de insistir a mi madre ‘vuelve luego’… Juan Moya Morales, Ñuñoa a mucha honra, era mi universo. Y exilio, país tropical, vida nueva y diferente. Un conocido nuestro que decía: el amargo caviar del exilio.

Corte. Protestas, arrancando de los pacos y después de un tiempo largo — eterno — hubo algo de cambio. Sensación de alivio, de oportunidad, aunque después los partidos de siempre se encargaron de opacarlo. De todas maneras, el once de Septiembre era dolor propio, el día que cambió mi mundo, o mejor dicho el mundo de mis padres: yo tenía seis.

Muchos años después vino el otro once de Septiembre, ese día de los aviones de pasajeros convertidos en bombas. Y fue el nuevo día que cambió el mundo; si no eso, al menos hizo andar en avión una experiencia incómoda y llena de trabas. Perros oliendo el equipaje, guardias muestreando mi ropa por restos de explosivos, sacando la batería de los laptops, llevando botellas transparentes con menos de 100 ml de lo que sea. Medidas probablemente inútiles para proveer la ilusión de seguridad. Pero lo más importante es que me (nos) robaron el otro once de Septiembre. Si hablo con alguien, ellos me dicen ’sí, por supuesto que recuerdo las twin towers‘. Y yo, un poco desesperado, contesto ‘no, me refiero al otro once, ese tercer mundista, you know, Chile’s eleven‘. Y ellos ‘Chili?’ Y no hay caso, desapareció la fecha.

Poco a poco es como esos debates que desaparecen porque murieron todos los involucrados. Carrera versus O’Higgins. Cementerios católicos versus cementerios laicos. Todavía no sucede, pero vamos en ese camino: un día en que el lumpen siente que tiene permiso para dejar la grande. Pero, ‘¿por qué estoy quebrando vitrinas? No importa, es entretenido hacerlo’. Si nadie recuerda o sabe que algo pasó, ¿significa que nunca sucedió?