Vienes tarde otra vez, como tren de carga

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Tatuajes

A veces, los días de lluvia revelan los tatuajes de los árboles. Tribus, gangs, clubes de membrecía exclusiva quedan marcados en la corteza (o bajo ella). Así los árboles se reconocen, guiñan con las ramas y dicen hola. Después con el sol pasan a estar nuevamente de incógnito.

Eucalipto tatuado (Foto: Luis).

Pasadismo

Difícil también ver y entender este año hacia atrás (Foto: Luis).

Futurismo

Sitting in carwash
Difícil ver lo que viene (photo: Luis).

Vuelos

De vez en cuando no logro evitar viajes por trabajo. Por supuesto que al principio eran terriblemente estimulantes: ¡me pagaban por volar! Después de unas cuantas veces pasaron a ser más que nada una inconveniencia: comidas y actividades perdidas,  mucho tiempo sentado y cabeceando medio dormido con el zumbido de los motores.

En unas pocas ocasiones estos viajes son inevitables y, gracias a un golpe de suerte, al mismo tiempo no son para tanto. Me quedo remoloneando en la cama y llega la hora de irse. Conseguí un vuelo más tarde (8:30 am) y son sólo diez minutos al aeropuerto; en serio, así de breve. No hay seguridad, no revisan el equipaje. Es cosa de caminar y subirse al avión correcto en un frío que cala los huesos y volar flotando en el cielo.

Abordando un vuelo regional en Christchurch (Foto: Luis, procesado con RNI Films, ‘Ilford Delta 100 HC’).

El regreso fue casi tan simple, con una sola escala, el mismo día. Tres vuelos en aviones ATR72, uno de ida y dos de vuelta, los tres en asiento 7A (ventana). Doce horas y de vuelta en Christchurch, con los oídos tapados, pero comiendo comida de casa.

Castañas

Anónimo dejó las castañas en el asiento del parque
curiosamente formó una familia en la lluvia
una por una, recogió las castañas
con la mano del gato
una para ti, dos para mi
con mano de gato mojado en llovizna frontal
esa que dura por semanas.

Anónimo abandonó las castañas del gato.

Las castañas del gato (Foto: Luis).

Las castañas del gato (Foto: Luis).

Duele de frío

Hay días en que el aire duele de frío, corta como vidrio y se siente (realmente) el silencio. Volando en bicicleta desde el trabajo me detuve ante la composición verde brillante. Una de las ventajas de usar un computador pequeño es que queda espacio en la mochila para llevar otros accesorios: cámara compacta, grabadora digital, micrófonos y cachureos varios.

Al final de un día cualquiera de abril paré la bicicleta, rescaté la cámara de un bolsillo, ajusté la velocidad del obturador y click, grabé el aire frío rodeado de nubes extrañas. ¿Después? Seguí pedaleando.

El aire dolía de transparente.

El aire dolía de transparente.

El temor de las gaviotas

El temor de las gaviotas es el olvido, por eso batallan día y noche por mantenerse en el aire. Las gaviotas no usan computadores—al menos no comunmente—pero si lo hicieran estarían en una corriente constante cambiando su status en Twitter y Facebook. Estoy moviendo un ala, ahora estoy moviendo la otra, cagué a un humano distraído, acabo de pescar un pez. No, corrección: se escapó. Le quité un pez a otra gaviota… y así sucesivamente.

Las gaviotas buscan establecer una vida virtual, que puede ser observada y admirada por otras gaviotas. ‘Mmm, esta gaviota parece ser exitosa, aunque nadie daba un peso por ella’, piensan las otras gaviotas. ‘Mmm, esta gaviota usa Olapón y por eso tiene todas las plumas brillantes’ piensan las otras gaviotas… y así sucesivamente.

Otra de las herramientas contra el olvido son la memoria selectiva y la nostalgia. Las gaviotas extrañan los días en que volaron más rápido y sus plumas eran más blancas. Las gaviotas repiten sus historias exitosas y olvidan los fracasos de pesca. Y así venden una vida editada a todas las otras gaviotas que leen ávidamente los cambios de status con envidia secreta.

[Con perdón a Juan Salvador]

Gaviota en Twitter: ‘Estoy parada en un auto de tren de carga’.

Hablando de trenes

Desaparecido por un tiempo, de viaje, sesenta mil kilómetros para mirar el planeta desde otra perspectiva. No, si en realidad yo quería escribir algo, pero las palabras no me salían por la punta de los dedos.

Te cuento un secreto: he estado buscando trenes. He encontrado muchos abandonados, fuera de servicio, con el óxido carcomiendo lenta—pero inexorablemente—los esqueletos de metal. He saltado de continente a continente pateando rieles entre los que crece el pasto. ¡Hay incluso casas entre los durmientes! Cómo no van a estar seguros de que los trenes ya no pasan por ahí.

Sin embargo, la semana pasada estuve en la locura ferroviaria. Un par de vuelos me llevaron de Christchurch, a Auckland y de ahí a Narita, al lado de Tokio. Después de la decepción inicial—ni Ultraman ni Godzilla estaban peleando pasando a llevar los edificios, con sus espaldas con cierre—llegaron los trenes. Claro, una variedad increíble. Si dejamos por un momento el Shinkansen de lado, tenemos trenes normales, semi expreso, expreso, muy expreso, etc. El poder entender el sistema de líneas y conexiones me va a tomar una vida. Pero anduve en esos carros confiables, que decían ‘el tren va a llegar a las 5:36′ y estaba a las 5:36. Sin vidrios quebrados, con baños limpios, lleno de japoneses.

Esperando el tren en Hokkaido.

Japoneses comunes y corrientes, y de esos teñidos de rubio y permanente. ‘Más raro que Japonés con rulos’ decían Inodoro y Mendieta. Ni tan raro en estos días… Gente cabeceando de sueño, mecidos por el tren que los llevaba de los suburbios al estómago gigante de una megápolis. Tokio, Osaka, Kioto, Sapporo, todos con trenes y subterráneos vivos a las horas más extrañas.

¡Estoy de vuelta! pero no soy el mismo. La vida se tornó confusa después de los trenes alucinantes. Quiero más arroz y sopa de desayuno, calamares completos (con cabeza, pies y cola) y un poco de vino de arroz en la noche. Y, por supuesto, quiero más trenes moviendo aquellos somnolientos hacia el centro del universo.

Mirando

Mirando, con toda la ingenuidad del mundo, porque un árbol nos protege.

No podemos parar de jugar

La vida loca me ha envuelto y me perdí por un momento en el tumulto. Tanto que el miércoles pasado–mi miércoles no el tuyo, por la circunferencia de este planeta, etc–tuve que parar. Es como cuando uno cruza la calle: todo se detiene, mirada a la derecha, mirada a la izquierda, y si nada viene ponemos un pie atrás del otro.

Bueno, estaba en que tuve que parar porque la cabeza me iba a explotar. Artículo aquí, modelos hedónicos por allá, regresión logística por acullá y sin tiempo para respirar. Pero entre todo eso, estaba leyendo Genius, una biografía de Richard Feynman, premio Nobel de física del año sesenta y cinco. Un libro extraordinario sobre un personaje increiblemente inspirador. Me sentí tocado, pero no me malentiendas estimado lector. No es que uno trabaje en física, o se crea un genio, o que vaya a ganar el premio Nobel, o que alguien piense en escribir una biografía pensando en uno. Pero me sentí tocado porque, bueno, uno está en la misma: haciendo investigación para entender como funciona el mundo. En otra disciplina, a otro nivel, con diferentes preguntas, pero con la misma curiosidad.

A veces vienen esas etapas en que uno no sabe que hacer. ¿Cuál es el problema? ¿Dónde voy con este ensayo? ¿Estoy perdiendo el tiempo? Dudas, dudas… Pero justo uno encuentra esto:

He showed Bethe what he had discovered.
– But what’s the importance of that? Bethe asked.
– It doesn’t have any importance, he said. I don’t care whether a thing has importance. Isn’t it fun?
– It’s fun, Bethe agreed. Feynman told him that was all he was going to do from now on–have fun.

Y es que la vida me envuelve y paro de jugar, de pasarla bien. Se me olvida que estoy en esto porque es entretenido, porque es un juego. ¿Cuándo fue la última vez que jugué a empañar los vidrios de un tren?

fromTrainWindow.jpg
Vaho en una ventana de tren (Foto: Luis).

Creo que debería terminar este post con una cita de Feynman, que es aplicable a cualquier trabajo de investigación.

Physics is like sex. Sure, it may give some practical results, but that’s not why we do it.

La Física es como el sexo. Seguro, puede tener utilidad práctica, pero no es por eso que lo hacemos.

De vuelta a trabajar y a pasarla bien.

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